Algo supuestamente divertido que nunca volverè a hacer: el examen de habilitación para guía turística
El martes pasado, en la Feria de Ferrara, ¡también estábamos allí!
No podíamos faltar a esta cita con la historia: habían pasado 8 años —o-c-h-o— desde la última vez que se celebró un examen de habilitación para la profesión de guía turística en Emilia-Romaña, igual que en muchas otras regiones italianas. En estos 8 años, el mundo del turismo ha cambiado radicalmente. Italia, en cambio, un poco por inercia, un poco por corporativismo tóxico y un poco por incapacidad, ha mantenido el statu quo. Hasta que, giro inesperado: uno de los gobiernos más conservadores de las últimas décadas hace algo inesperado y decide meter mano a la reforma del sector. Las expectativas eran bastante bajas; el resultado estuvo a la altura. Pero agradecemos el gesto.
9:03 de la mañana, caseta de Ferrara Sur. El pronóstico anunciaba una mañana soleada. En cambio, nos recibe lluvia y un gris otoñal. Aparcamos. A lo lejos, cientos de personas en fila como si esperaran el patíbulo: rostros tensos, miradas desilusionadas, pocas sonrisas. Repartimos algunos deseos de buena suerte, dejamos algunas tarjetas de visita y nos unimos a esa humanidad suspendida. Poco después, la desilusión se convertiría en desesperación. Todo esto mientras un hater entre la multitud nos vomita encima un poco de frustración mezclada con envidia, llamándonos “parásitos”, “ilegales”, “estafadores”, y demás. Nos desbloquea viejos recuerdos juveniles.
El pabellón 3 rebosa de gente. Nos hacen acomodarnos en filas ordenadas, a unos metros de distancia uns de otrs. En la mesa de camping —sí, la de Decathlon— sólo iPad, documento y agua. Me llaman la atención algunos pasajes del breve discurso introductorio del Presidente de la Comisión Examinadora: «No estén tensos, ¡este no es el examen de su vida!». En fin… teniendo en cuenta que hay personas que llevan años esperando este examen, que para poder trabajar se han buscado la vida o han invertido miles de euros para habilitarse en el extranjero, quizá no sea el examen de la vida, pero para much*s es un momento significativo. Hay quien ha hecho sacrificios para estar aquí. ¡Un poco de respeto, señor Presidente!
Sobre la complejidad del examen, nada que decir. Como ni siquiera tuve la iniciativa de pedirle a ChatGPT un resumen de todo el contenido objeto de la prueba, mis posibilidades eran prácticamente nulas (a propósito de exámenes, estadística y conspiraciones, señalamos este artículo encontrado en el “Mundo del Revés” de la web). Me aferro a reminiscencias escolares, algo de cultura general, algunas nociones de historia y comprensión lectora. Las respuestas de las que estoy seguro no llegan ni a 20. Poco importa. Sin duda, el rosetón de la catedral de Bitonto me arranca una sonrisa.
Tras 90 minutos, al terminar la prueba, en una atmósfera ya saturada e insalubre, empezamos a salir. En los rostros, mucha tristeza y desánimo. Entre quienes lo han apostado todo y quienes lo han hecho por el plot, intentamos recoger alguna reacción: «¡Que os jodan!», «¡No queréis trabajar conmigo!», «Cobrad lo que os deben.» Captamos el mensaje y nos marchamos, confirmando lo que ya sabíamos: el examen de habilitación no es una solución para la gangrena del sector, sino parte del problema. Concebido como instrumento de verificación de competencias, se ha transformado en un dispositivo para impedir el acceso a la profesión más que para regularlo, creando auténticas castas. A lo largo de estos años, a menudo nos hemos encontrado dialogando con estructuras gerontocráticas, rígidas y cerradas, más interesadas en proteger sus propios intereses que en generar cultura. Al igual que el hábito no hace al monje, un carnet no hace a una buena guía turística. Y en esto, estamos tod*s de acuerdo.














































































